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Información que explica en parte porqué los países pobres son cada vez más pobres y los ricos más ricos. Se observan algunos ejemplos de las leyes de la Globalización.

 

Artículo de Znet en español, URL: http://www.zmag.org/Spanish/0104stiglitz.htm

Por Joseph Stiglitz (premio nobel de economía en el 2001)

Póngase el lector en el lugar de un pobre agricultor africano que a duras penas consigue salir adelante con una o dos hectáreas de tierra.Puede que usted nunca haya oído hablar de la globalización, pero sin duda se ve afectado por ella: vende algodón que algún trabajador de la Isla de Mauricio convertirá en una camisa según el diseño de un modista italiano, para que la acabe luciendo un parisino acomodado. Está en mejor situación que su abuelo, quien se dedicaba a la agricultura de subsistencia. Pero es a su vez víctima de la globalización y de un régimen económico mundial injusto que se ha ido gestando a lo largo de los años, volviéndose en ocasiones cada vez más injusto.

El precio del algodón que usted vende es tan bajo debido a que los EEUU gastan hasta 4.000 millones de dólares al año en subvencionar a sus 25.000 agricultores, animándolos a que produzcan más y más algodón (los subsidios llegan a ser superiores al valor de lo que producen); y cuanto más producen, más baja el precio del algodón.

(...) Su hermana solía aportar a la familia unos ingresos adicionales trabajando en una fábrica de la ciudad, pero hace casi diez años el gobierno se vio obligado a retirar sus moderados aranceles, y la fábrica cerró: algo llamado "ronda Uruguay"dictaminó que son ilegales los aranceles y subsidios que gravan los productos que compiten con otros bienes producidos en Europa y EEUU.

Su sobrino sucumbió al SIDA, y usted es consciente de que existen medicamentos que podrían curar esta enfermedad, y de que su gobierno estaría incluso dispuesto a suministrar esos medicamentos a un precio que usted podría permitirse. Pero las empresas farmacéuticas de los Estados Unidos dicen que usted debe pagar el precio americano, que asciende a la increíble cifra de 10.000 dólares al año, lo cual equivale a la totalidad de sus ingresos en los próximos 20 años. Usted, desde luego, no entiende de economía moderna, pero no puede comprender por qué esas pastillitas habrían de resultar tan caras, sobre todo sabiendo que una empresa de Sudáfrica está dispuesta a venderlas a un precio muy inferior. Y sin embargo los americanos dicen que no, que hay una cosa denominada derechos de propiedad intelectual que les autoriza a impedir que otros fabricantes produzcan estos medicamentos, aún a costa del derecho a la vida de su sobrino. Usted comprende el deseo de estas empresas de obtener beneficios, pero ¿acaso no hay límites?

Últimamente, los presidentes estadounidenses han viajado a África con mayor frecuencia de lo que solía ser lo habitual, y todos ellos dicen que se preocupan por el continente y sus problemas. Pero usted no entiende por qué le están haciendo la vida tan difícil a usted y a su gente.

La agricultura es crucial para los países en vías de desarrollo, ya que la mayoría de las personas del tercer mundo dependen de ella, y sin embargo, después de haber estado discutiendo entre sí, Europa y los EEUU parecen haber acordado limitar los avances a un mínimo.

(...) En lo que respecta a la propiedad intelectual, los EEUU han sido el único país que se resiste a permitirles a los países más pobres, como Botswana, el acceso a los medicamentos que ellos mismos no pueden producir por tratarse de países demasiado pequeños. La gran "concesión", que ya está en marcha, consistirá en aprobar aquello que ya ha aprobado todo el mundo, pero no mover un dedo en lo referente a los problemas más fundamentales, como la biopiratería, mediante la cual las multinacionales patentan alimentos y fármacos tradicionales, obligando a los países en vías de desarrollo a pagar derechos de propiedad por lo que hasta entonces pensaban que les pertenecía.

(...) Nos encontramos con los comienzos de esta legislación internacional (una legislación que regule el comercio entre todos los países intentando equilibrar las desigualdades) , si bien de una legislación desequilibrada e injusta para el mundo en desarrollo. El mundo desarrollado hizo bien en comprometerse, en Doha, a corregir estos desequilibrios. Pero desde la perspectiva de hoy en día, cada vez queda más claro que Doha fue poco más que un intento de hacer que los países en vías de desarrollo se sentaran en la mesa de negociación. La intención allí no fue la de rectificar los desequilibros sino más bien la de usar el poder económico para crear otros nuevos.

Un fracaso en Cancún no sólo supondrá un retroceso para aquellos que desean ver un régimen comercial mundial más justo y menos excluyente, con beneficios al alcance de los pobres del sur y no solamente de las multinacionales del norte. Además, representará una manifestación más de los fracasos de la democracia global, que tan evidentes se han hecho este año: el sistema de toma de decisiones global no refleja los intereses ni las preocupaciones de la mayoría de la población mundial. No hay un voto por persona, ni siquiera hay un voto por dólar. Pero también pondrá de manifiesto, una vez más, el fracaso de la democracia en el seno de nuestras sociedades.

La mayoría de los estadounidenses y europeos desean un sistema económico mundial más equilibrado. Si se sometiera a votación el tema del acceso a los fármacos anti-SIDA que salvan vidas, una mayoría aplastante se mostraría contraria a la postura de las empresas farmacéuticas. Estas negociaciones comerciales demuestran, ante todo, el poder que tienen los intereses específicos, a menudo promovidos por contribuciones hechas durante las campañas electorales, a la hora de decidir los resultados políticos. El problema es que en este caso son las personas más pobres del mundo, los miles de millones que viven con menos de 2 dólares al día, a quienes se les pide que paguen el precio.

El Dr. Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia de Nueva York presidió el Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton, y de 1997 a 2000 fue vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial. Fue uno de los galardonados con el premio Nobel de ciencias económicas en 2001.