Texto 1º ( El texto completo está en Rebelión para leerlo entero pulsar aquí)
(...) EEUU ha quedado preso en su propia trampa. Con Latinoamérica arruinada tras un siglo de expolio, debe optar entre tragar sin respiro el alud migratorio del sur o, si cierra sus puertas, ver a la región sumirse en el caos, lo que suscitaría una multiplicación exponencial de las riadas migratorias. Si eso ocurriera, enfrentaría dos infiernos, no uno. Como no se vislumbra un cambio de política, en 2050 EEUU tendrá cien millones de hispanos y será el mayor país hispanohablante del mundo tras México. La integración continental no se daría por el ALCA sino vía migración, con un EEUU latinoamericanizado, algo que aterra a no pocos blancos. California, con un 52% de hispanos, ha sido retomada. Y siguen llegando.
Europa se encuentra inmersa en un camino similar y debería verse en el espejo de EEUU para conocer su futuro inmediato. Esta sitiada fortaleza colinda con África, Europa del Este y Asia, regiones pobres cuando no paupérrimas, con elevadas tasas de natalidad, particularmente África y el Magreb. De los 50 países más pobres del mundo, 35 están en África, continente que tendrá, en 2050, 1.700 millones de habitantes, de ellos 120 millones magrebíes. En África se juntan las desdichas del mundo: superpoblación, enfermedades, hambre, corrupción, guerras y desertización. La marea africana apenas está comenzando.
Ninguna medida represiva podrá detener ese aluvión, como demuestra el caso de EEUU y la propia experiencia europea. EEUU construyó un muro de 150 kilómetros de largo en su frontera con México, ha extendido alambradas y sofisticados sistemas de detección en otros centenares de kilómetros, quintuplicado el gasto y el número de policías y lo único que ha logrado ha sido aumentar el número de inmigrantes muertos (unos 3.000 por año) y favorecer a las mafias. El creciente número de ilegales fallecidos en el "corredor de la muerte", en Arizona, llevó al gobierno mexicano en 2001 a distribuir 200.000 mochilas de supervivencia entre quienes se adentraban por aquella mortal zona desértica.
La única alternativa visible para aminorar el fenómeno, hasta hacerlo controlable, es modificar los términos de intercambio y crear condiciones que hagan viables los países. Será inevitable condonar la deuda externa que ahoga las economías y convertirla en ayuda al desarrollo, creando mecanismos internacionales que impidan su malversación por oligarquías y gobiernos corruptos. El proteccionismo agrícola y comercial deberá dar paso a un sistema que prime las exportaciones de los países pobres (el aumento de un 1% de las exportaciones acrecentaría un 20% la renta del África subsahariana) y proteja sus productos clave, aumentando también las inversiones para expandir el mercado laboral y arraigar a la población. Las multinacionales deberán someterse a controles contra la explotación laboral, el traslado de beneficios y la especulación, para evitar la descapitalización humana y monetaria. No menos importante, impedirles fomentar guerras pues, como afirma el Banco Mundial, muchas de ellas son provocadas para conquistar yacimientos minerales, como ocurre en África. Cambios, en fin, que desactiven la causa fundamental de la emigración que ha sido, desde siempre, una huída de la miseria para buscar una vida decorosa y digna.
Parecerá utópico o quimérico, pero no hay otras soluciones a mano. El capitalismo global ha devastado por siglos continentes enteros. Mientras los expoliados no pudieron emigrar, las potencias coloniales vivieron su sueño. Hoy es imposible sostenerlo. Como EEUU, deberán escoger entre propugnar un sistema internacional menos desigual e injusto, adoptando las medidas que haga falta, o ver su fortaleza asaltada por mareas incesantes de los condenados de la tierra. Su avanzadilla ya está aquí, señalando el camino desde dentro.
*Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid